Vivimos en una sociedad que nos empuja a exigirnos cada vez más. Parece que, si no somos los mejores en todo, nos quedamos atrás. Queremos ser padres impecables, parejas ideales, profesionales brillantes… y, aun así, siempre aparece esa sensación de que no es suficiente.

Esa necesidad constante de “ser más” no surge de la nada. Muchas veces nace del miedo a no estar a la altura, a fallar, a que los demás nos vean como insuficientes. Sin darnos cuenta, vamos construyendo un diálogo interno duro, crítico, que nos recuerda todo lo que falta y muy poco de lo que ya hemos logrado.

Aquí es donde entra el perfeccionismo. No el perfeccionismo sano, el que nos ayuda a mejorar, sino ese perfeccionismo rígido que nos hace creer que valemos en función de lo que hacemos y no de quiénes somos. Y es que, desde la orientación psicodinámica, esto se puede entender como un patrón que suele aparecer en personas con una personalidad rígida: personas que crecieron con la idea de que había una forma correcta de hacer las cosas y que los errores no eran una opción. Estas personalidades tienden a regirse por normas muy estrictas, un fuerte autocontrol, una responsabilidad casi excesiva y una necesidad intensa de “hacerlo bien” para sentirse seguras. Lo que en su momento fue una estrategia para obtener aprobación o evitar conflictos, en la vida adulta se convierte en una carga que dificulta la flexibilidad, el descanso y la aceptación de la imperfección.

El problema es que vivir así cansa. Agota. Nos desconecta del disfrute, de la calma y de la capacidad de cometer errores sin que eso signifique un fracaso. Nos convierte en personas autoexigentes hasta el extremo, que van acumulando presión sin tiempo para respirar.

Quizá sea momento de recordar algo sencillo: no necesitamos ser perfectos para ser válidos. Ser buenos padres, buenas parejas o buenos profesionales no se mide por la ausencia de fallos, sino por la presencia de humanidad. A veces, dar “lo suficiente” ya es más que suficiente.

Aprender a bajar el ritmo, soltar expectativas imposibles y tratarnos con un poco más de compasión puede ser el primer paso para vivir menos desde la exigencia y más desde la autenticidad.

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