Todos tenemos la experiencia de que nuestra mente no para de divagar, ocupada constantemente con preocupaciones sobre el pasado o el futuro, que nos alejan del momento que estamos viviendo en el presente.

El ritmo frenético del mundo actual nos exige disponibilidad en todo momento –para responder esta o aquella llamada de teléfono o un mensaje de Whatsapp-, nos bombardea constantemente con información que divide nuestra atención y nos impide mantenernos centrados en aquello que estamos haciendo.

En general, nos movemos por la vida con el piloto automático activado, sin poder disfrutar realmente de algo tan sencillo como jugar con nuestros hijos, escuchar a nuestra pareja, o simplemente percibir el sabor de una cerveza fría.  En el peor de los casos, los automatismos nos llevan a reaccionar de manera indeseada, hablando en un tono desagradable a nuestros seres queridos –porque estamos estresados o ansiosos y no sabemos cómo evitarlo, sintiéndonos mal con nosotros mismos después-, encendiendo ese cigarrillo cuando llevábamos varios días sin fumar o actuando movidos por la ira o el miedo.

Es aquí donde mindfulness representa un recurso valioso.

La atención plena es simplemente prestar atención, pero de una manera en que no solemos hacerlo: intencionalmente, con ecuanimidad y sin los filtros conceptuales y emocionales.

Cuando usamos nuestra atención de esta forma, estamos añadiendo el elemento central para acabar con los automatísmos, estamos añadiendo consciencia. Cuando somos conscientes, además de mantenernos focalizados únicamente en aquello que está sucediendo en el presente, reducimos la divagación mental y, lo que es más interesante, podemos, como dijo Viktor Frankl, encontrar el espacio necesario para elegir cómo vamos a actuar, podemos ser realmente libres y comportarnos, con nosotros mismos y los demás, de la manera en que realmente deseamos hacerlo.

Existen diversos ejercicios de mindfulness que pueden aumentar nuestra consciencia para darnos cuenta de nuestros mecanismos internos, además de los patrones comunes con los que solemos comportarnos cuando nos encontramos en determinados contextos.

Por ejemplo, la próxima vez que vayas a hablar con alguien, realiza un par de respiraciones consciente y pregúntate: con las palabras que voy a pronunciar ahora, con la manera en la que voy a interactuar con esta persona, ¿me acerco o me alejo de la persona que quiero ser? ¿La madre o el padre que me gustaría ser, le hablaría de esta forma a su hijo/a? ¿El amigo que quiero ser, qué palabras usaría para hablarle a este amigo al que aprecio?

Tomar consciencia de la respiración es un ejercicio sencillo que puede marcar la diferencia entre actuar de manera automática o hacerlo de una manera congruente con nuestros valores personales.

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