¿Tienes la sensación de que todas tus relaciones sentimentales han seguido el mismo patrón?

¿Se parecen todas las parejas entre sí? ¿Te has sentido de forma parecida en tus relaciones a pesar de que éstas fueran con distinta persona?

¿Por qué ocurre esto?

Lo primero a tener en cuenta es lo que aprendimos en nuestra infancia de las personas que nos cuidaban acerca de cómo son los vínculos, es decir, nuestro modelo de apego; dependiendo de cómo fuera este aprendizaje, aprendimos a ver el mundo. Si tuvimos unos cuidadores sensibles, regulados, centrados y estables, seguramente nos sentimos seguros y aprendimos a explorar el mundo para desarrollarnos y crecer con la certeza de que siempre habría alguien que nos mirara con amor incondicional, que nos hiciera sentir protegidos, aceptados, cuidados y atendidos. En la edad adulta, los vínculos resultarán en relaciones equilibradas en las que la persona tendrá la sensación de poder elegir y saber cuidarse en esa elección –al menos en la mayor parte de las ocasiones-.

Si por el contrario vivimos alguna situación de pérdida en la infancia, tuvimos unos padres con mayores dificultades para identificar o gestionar las emociones propias y/o ajenas, o emocionalmente inestables, o sufrimos algún tipo de negligencia, probablemente explorar el mundo fuera más complicado; existirían emociones de miedo, rabia o tristeza, resultaría difícil alejarnos de nuestros cuidadores, o por el contrario ponernos en sus manos cuando nos sentíamos mal. En este caso, las relaciones en el futuro resultarán más complicadas, probablemente con sensaciones de angustia y constante frustración, como si se sintieran presos de relaciones en las que no quieren estar, pero de las que no pueden irse. O quizás, las relaciones resulten tan poco interesantes que vincularse suponga algo extraño de conseguir o muy difícil, como si no fuera posible enamorarse realmente.

La forma en la que los primeros cuidadores nos enseñaron el mundo, generó en nosotros la primera conciencia que tuvimos acerca de quiénes éramos, siempre vistos a través de sus ojos. Así aprendimos las primeras creencias sobre lo que pensamos de nosotros mismos, y obtuvimos la información sobre las primeras experiencias que vivimos; nuestra capacidad de hacer las cosas, las posibilidades que teníamos, e incluso nuestra valía.

Estas creencias, en la mayoría de los casos, se han mantenido y replicado a lo largo de las distintas experiencias vitales, volviendo una y otra vez a reafirmar lo que una vez nos dijimos. En ellas también se incluyen lo que cada uno de nosotros piensa acerca de lo que cree que merece, y, de alguna forma, busca esto en su entorno.

Mantenemos estas creencias arraigadas –en la mayoría de los casos desde una muy temprana edad- sin verificar su credibilidad, y eso nos dificulta salir de un círculo de comportamiento parecido, dando lugar a unos hábitos de comportamiento que nos hacen sentir cómodos (porque creemos que podemos predecir lo que va a ocurrir a continuación), aunque en ocasiones no nos hagan sentirnos como nos gustaría, y puede dar lugar a que elijamos mantenernos en relaciones o nos sintamos atraídos hacia personas que no nos hacen sentirnos como queremos.

La terapia psicológica permite observar estos patrones de comportamiento y estas creencias limitantes, permitiendo ajustarlos a la realidad del presente, con el objetivo de sentir mayor coherencia y bienestar en la vida personal, que redundará en relaciones más satisfactorias y enriquecedoras.

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