Cuando nacemos, nuestros genes incluyen las “instrucciones” para el desarrollo de todas y cada una de las funciones corporales y cognitivas, por lo que se podría decir que el proceso de desarrollo es un proceso programado o, al menos, cuasi programado.

En el ámbito específico del desarrollo cerebral, venimos predispuestos genéticamente para que nuestras estructuras cerebrales maduren en un determinado momento y dirección y, con ello, se desarrollen cada una de las habilidades y funciones cognitivas. Es muy importante, en este caso, el término predisposición. Las habilidades cognitivas no deben ser consideradas como un constructo dicotómico que se tiene o no se tiene, sino más bien como una dimensión en la que cada ser humano particular ocupa una posición determinada. De esta forma, venimos predispuestos genéticamente a ocupar una posición determinada en una habilidad cognitiva específica, pero será la influencia del ambiente la que hará que nos movamos hacia un polo u otro de la dimensión, logrando el correcto desarrollo de la habilidad, el alcance de su máximo potencial o, por el contrario, no desarrollándola correctamente o incluso no haciéndolo nunca. Así, el desarrollo de cada una de nuestras habilidades cognitivas es, a la vez, producto de la genética y el ambiente.

Actualmente, el conocimiento a cerca del desarrollo cerebral nos permite conocer no sólo cómo maduran las estructuras cerebrales que constituyen el sustrato biológico de las habilidades cognitivas, sino también el momento en el que estas últimas deben ser adquiridas para asegurar su correcto desarrollo. Este momento se conoce como período crítico, y hace referencia a una fase del desarrollo en la que se tiene el nivel más alto de sensibilidad a los estímulos del ambiente que son obligatorios y necesarios para el desarrollo de una habilidad cognitiva particular. Esto implica que, si no se recibe la estimulación ambiental necesaria en un momento determinado, la función cognitiva podría no desarrollarse correctamente o incluso nunca hacerlo.

Aunque todos los contextos en los que el niño se desarrolla pueden estimular la función cognitiva, no se puede negar que el principal contexto de estimulación lo constituye la escuela. De hecho, uno de los objetivos principales de la escolarización es precisamente la adquisición y desarrollo de las competencias y habilidades necesarias para el adecuado funcionamiento del niño.

Es en este punto en el que resulta interesante considerar las aportaciones que las neurociencias y sus conocimientos sobre el desarrollo cerebral pueden hacer a dicha adquisición y desarrollo de habilidades. Es aquí donde la NEUROEDUCACIÓN está llamada a jugar un papel primordial. Esta disciplina es una nueva visión de la enseñanza que se basa en aportar estrategias y tecnologías educativas centradas en el funcionamiento del cerebro. Es decir, es una disciplina que aúna los conocimientos sobre neurociencia, psicología y educación, con el objetivo de optimizar el proceso de enseñanza y aprendizaje.

En palabras del Doctor en Neurociencia y Medicina Francisco Mora: “Neuroeducación significa evaluar y mejorar la preparación del que enseña (maestro), y ayudar y facilitar el proceso de quien aprende (…) La Neuroeducación trata, con la ayuda de la neurociencia, de encontrar vías a través de las cuales poder aplicar en el aula los conocimientos que ya se poseen sobre los procesos cerebrales de la emoción, la curiosidad y la atención, y cómo estos procesos se encienden y con ellos se abren esas puertas al conocimiento a través de los mecanismos de aprendizaje y memoria (…) Trata de conseguir la mentalización de los profesores en cuanto a conocer cómo funciona el cerebro, extrayendo de ello conocimiento que ayude a enseñar y aprender mejor, sobre todo en los niños. La idea y la responsabilidad puesta en al cabeza del maestro, de que lo que enseña tiene la capacidad de cambiar los cerebros de los niños en su física y su química, su anatomía y su fisiología, haciendo crecer unas sinapsis o eliminando otras y conformando circuitos neuronales cuya función se expresa en la conducta, potenciando y mejorando habilidades y talentos, cambia ya la propia percepción que el maestro tiene de la enseñanza (…) Además, y de modo importante, permite la detección a pie de aula de déficits en los niños que incapacitan o reducen sus capacidades para leer, escribir, hacer números o aprender una determinada materia”.
En definitiva, la Neuroeducación es la disciplina que utiliza los conocimientos acerca de cómo se desarrolla y cómo funciona el cerebro infantil, para adaptar la docencia y la educación de forma que se consiga alcanzar el máximo potencial de desarrollo de los niños.

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